Clemente VIII, sucesor de Benedicto XIII en Peñíscola, renunció en 1429 y reconoció al pontífice aceptado tras el Concilio de Constanza.
El sucesor del Papa Luna
Benedicto XIII murió en Peñíscola en 1423 convencido de su legitimidad. Antes de morir dispuso que sus cardenales eligieran un sucesor. Después de un breve y confuso proceso, Gil Sánchez Muñoz fue elegido con el nombre de Clemente VIII.
La pequeña corte de Peñíscola mantuvo durante algunos años una obediencia propia, aunque el escenario político y eclesiástico había cambiado. El Concilio de Constanza había impulsado una solución para el Cisma de Occidente y los apoyos a la línea del Papa Luna eran cada vez menores.
La renuncia de 1429
En 1429, Clemente VIII renunció y reconoció al pontífice surgido del nuevo orden eclesiástico. Fue nombrado obispo de Mallorca, y la sede de Peñíscola dejó de actuar como corte pontificia.
El final de esta etapa no borró su importancia. El castillo había sido palacio, biblioteca y centro de decisiones durante casi dos décadas. La presencia de Benedicto XIII y Clemente VIII situó a Peñíscola dentro de una crisis europea y dejó un legado que todavía define la interpretación histórica de la fortaleza.
Qué queda hoy de esta historia
La renuncia puso fin a la función pontificia del castillo, aunque la memoria de aquella corte continúa siendo una de las principales señas históricas de Peñíscola.
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